Maria Virginia Valera
EL HATILLO, TIERRA DE MARICHES
EL origen de las ciudades de Venezuela se encuentra en esa mezcla de razas y culturas que le imprimieron los variados matices que le dan ese carácter tan singular al nacional.
GUAICAIPURO
La imagen de Guaicaipuro, cacique de los Teques, es una de las figuras que representa el heroísmo de los aborígenes frente a los conquistadores. Un héroe puro, descrito por Oviedo y Baños como un personaje de feroz resolución en su lucha, con un empeño temerario para combatir al invasor, que logró marcar gran influencia sobre las demás tribus y en un fantástico final cae, entre las llamas del incendio de su choza y las espadas de los contrarios, alzando voces de altivez y desafío.
Es una constante que el sentimiento nacional se identifique con Guaicaipuro y no con Diego de Losada, esto lleva tácito una desviación con cierta lógica. Venezuela comienza a formarse en el siglo XVI, para nacer tuvo la necesidad de la derrota de Guaicaipuro. Si hubiera ocurrido una victoria definitiva de los indios sobre los españoles nunca hubiera existido la América Hispana a la que pertenecemos. Hubiéramos quedado fuera de la civilización occidental, apenas integrando algunos elementos de ella como ha quedado Java, Sian o Corea.
No existirían diferencias físicas entre los venezolanos como las que tenemos, el indio motilón es radicalmente opuesto, en casi todo del venezolano medio que vive en Mérida, en Cantaura, Valencia o en Petare. Pertenecemos pues a un país histórico, ajeno al indio puro, al negro puro o al español puro. Se fundieron las razas convirtiendo al ciudadano del país en esa hermosa mezcla que ha dado diferentes matices al nacional. Tan distinto como fue Guaicaipuro de Diego de Lozada y del rey de España.
Esto implica herencias variadas en el lenguaje, las costumbres, las edificaciones, en el color de la piel y muy diferente a lo que los antiguos personajes de la historia representaron. La nación se ha hecho de un proceso de mestizaje, no sólo de sangre, sino de espíritu y sensibilidad.
Así lo entendió Bolívar tan distinto de Losada, de Guaicaipuro y del Rey, cuando hablaba de “un pequeño género humano “ y añadía “no somos indios ni europeos, sino una especie media entre los legítimos propietarios del país y los usurpadores españoles.
El sentimiento
TAMANACO
Luego de Guaicaipuro resalta Tamanaco, cacique de los indios mariches quien se caracterizó por su tenaz resistencia a la entrada de los españoles al valle de Caracas. Como muchos otros caciques de su tiempo, lideró la resistencia de los indígenas al proceso de conquista llevado a cabo por los españoles en el territorio venezolano durante el siglo XVI. Como jefe máximo de los indios mariches enfrentó la penetración hispana en el Valle de Caracas. La primera medida de Diego de Mazariegos al hacerse cargo el 5 de diciembre de 1570 de la gobernación de la Provincia de Venezuela, fue pacificar el área adyacente a la recién fundada Santiago de León de Caracas (1567).
Para el año 1573 fuertes contingentes venidos de la península española y de las Antillas Menores, habían arribado a la Provincia de Venezuela, para encargarse de Tamanaco y los indios mariches. En poco tiempo una expedición encabezada por el teniente Francisco Calderón y el capitán Pedro Alonso Galeas, se adentró con la guía del cacique Aricabacuto en el Valle de Caracas. Tamanaco al enterarse de la incursión del enemigo preparó una fuerza de 300 guerreros conformados por indios de las tribus teques, arbaco y mariches.
Pronto se inició la lucha entre hispanos e indígenas, la cual parecía inclinarse de parte de los últimos, hasta el preciso momento en que fueron sorprendidos por una fuerza de caballería proveniente de Occidente.
Luego de esos acontecimientos aceleraron la captura de Tamanaco, quien fue apresado pocos días después por Garci González de Silva, luego de un atroz combate. Se le condenó a muerte, pero le ofrecieron la vida si lograba vencer en un combate cuerpo a cuerpo a un perro de González de Silva, un fiero can llamado paradójicamente "Amigo".
El jefe indio aceptó el reto, expresando según algunos historiadores las siguientes palabras: " El perro morirá en mis manos y así sabrán los hombres crueles de todo lo que es capaz Tamanaco." Muerto como consecuencia de las heridas sufridas en su desigual lucha con dicho animal, el valiente Cacique se convirtió en una leyenda para los demás pueblos indígenas.
El Territorio Hatillano
El territorio que hoy ocupa el municipio El Hatillo se encontraba pues poblado por aborígenes de la tribu Mariches parientes de la etnia Caribe.
Como testimonio de su presencia se pueden observar los petroglifos, aún bien conservados a pesar del correr del tiempo. Estos vestigios de su estancia en nuestro municipio quedaron plasmados en figuras grabadas en grandes piedras. Representaciones antropomorfas, zoomorfas, y geométricas que se repiten en casi todas las manifestaciones de la cultura indígena del país, como son los casos de Vigirima en el Estado Carabobo o en los petroglifos del Guri. No obstante no haberse determinado con seguridad su significación, se piensa que pueden simbolizar ceremonias de orden religioso o tal vez un modo de guiar a sus descendientes por el camino de la vida.
La llegada de los españoles como señalan los historiadores no fue bien recibida por los nativos, que se resistieron con fiereza a tal dominación y al despojo de sus posesiones. Duró largo tiempo la lucha de pacificación contra el indio desesperado. Casi una década de combates frecuentes, donde el capitán de 23 años, Garci González de Silva, con sus hazañas aseguró la definitiva fundación de Caracas. González de Silva hombre de guerra y de hacienda se convierte en uno de los padres de la ciudad. Siempre rodeado del amarillo y negro de sus armas, dio origen al nombre “gonzalito” con que se conoce al pajarillo más común de la capital.
Luego de la pacificación de los aborígenes y su relativa desaparición, en la época correspondiente a los años de la colonia, llegaron a las tierras hatillanas un grupo de labradores españoles. Huían de siete años de sequía, pestes y hambruna en las islas Canarias, gracias a un permiso del Rey de España. Maravillados ante el clima, la vegetación y la fastuosa fauna que aquí hallaron, establecieron su hogar y conformaron las primeras familias del lugar.
El Hatillo es uno de los pocos pueblos que conserva casi intactas sus edificaciones del casco central, de estilo colonial en armónico conjunto alrededor de su plaza Bolívar.
Mantiene sus tradiciones gastronómicas aderezadas con la contribución de otras tierras que se han ido sumando a los sabores del pueblo, a medida que llegaban inmigrantes procedentes de Portugal, Italia, Polonia, Alemania y hasta de lejanos países orientales. Enriqueciendo la oferta de exquisitos platos que el visitante puede apreciar en sus variados locales.
Las costumbres religiosas y paganas se conservan para delicia de propios y forasteros, así se puede participar en procesiones durante la Semana Santa, escuchar la retreta un domingo en la plaza. Asistir al Encuentro Hatillano y degustar sabrosos manjares. Presenciar excelentes representaciones teatrales en cualquiera de las salas que posee el lugar.
Asistir a exhibiciones de artes plásticas en los variados espacios creados para tal fin o simplemente disfrutar de un buen concierto interpretado por las variadas orquestas y ensambles que El Hatillo ofrece.
A pesar de que los mariches no llegaron hasta nuestros días, el ánimo del hatillano tomó de ellos ese celo por lo suyo, el orgullo de su gentilicio, la defensa de sus hábitos, sus tierras y el hermoso sentimiento humano de proteger a su gente de cualquiera que pretenda someterlos.
BIBLIOGRAFIA
MORÓN, Guillermo. Historia de Venezuela. Caracas, 1971.
495 págs.
USLAR PIETRI, Arturo. Medio milenio de Venezuela. Caracas; Cuadernos
LAGOVEN, 1986. 431 págs.
VALERA, María Virginia. Caracas, 2006.
María Virginia Valera